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El panorama laboral en Argentina ha sufrido un vuelco drástico en los últimos dos años. Lo que antes era un sector industrial pujante, hoy se ha transformado en un escenario de persianas bajas y trabajadores que deambulan por parques industriales con currículums que, en muchos casos, terminan en la basura. La crisis no solo se mide en unidades producidas, sino en una degradación sistemática de las condiciones de vida.

El nuevo estándar: 12 horas por salarios de subsistencia

En las zonas fabriles de Pacheco, Pilar y Garín, las ofertas laborales que aún resisten parecen haber retrocedido décadas en materia de derechos. Quienes logran acceder a una entrevista se encuentran con propuestas extenuantes: jornadas de 12 horas diarias por remuneraciones que apenas rozan los $600.000 o $800.000. “A mí me ofrecieron trabajar de 8.30 de la mañana a 11 de la noche en una paquetería de General Pacheco por $150.000 semanales, es una locura”, dice Ayelén.

Esta realidad choca de frente con el discurso oficial. Desde el Ministerio de Economía, se defiende la apertura de importaciones y la reducción del costo laboral como herramientas para "comprar barato" y fomentar el empleo. Sin embargo, para los 330.000 trabajadores que perdieron su puesto registrado tras el cierre de más de 22.000 establecimientos entre 2023 y 2025, la teoría económica no se traduce en platos de comida.

El fenómeno del desempleo "invisible"

Más allá de las cifras de desocupación abierta, un informe del Instituto Argentina Grande pone el foco en el desempleo encubierto. Se trata de un universo que alcanza al 13,8% de la población: personas con empleos precarios o de pocas horas que buscan desesperadamente más ingresos.

Este flagelo golpea con saña a los más vulnerables. El desempleo encubierto en adultos mayores de 66 años creció un 34,1%, mientras que la cantidad de jubilados en esta situación se multiplicó por dos y medio en comparación con 2023. La necesidad no distingue edades.

Historias de una estabilidad rota

El cierre de la moderna planta de Whirlpool en Pilar es el símbolo de esta era. Ayelén Monzón, ex operaria y madre de tres hijos, personifica la transición del sueño a la pesadilla. En 2022, el trabajo en la fábrica le dio "paz": cuatro comidas diarias, vacaciones y un techo digno. Hoy, tras el cierre definitivo de la planta para priorizar la importación, Ayelén ha tenido que reducir las comidas familiares a dos por día y depende del "fiado" o la ayuda de sus padres.

Su caso se replica en otros puntos del mapa:

·En Suipacha, el cierre de la láctea local dejó a 142 familias sin sustento, asfixiando el consumo de todo un pueblo que hoy sobrevive gracias a rifas y redes de solidaridad.

·En Coronel Suárez, ex empleados de la fabricante de calzado Dass (que trabajaba para Adidas) ahora se ganan la vida vendiendo comida en la calle o manejando aplicaciones de transporte, prefiriendo el anonimato ante la amargura de la situación.

Un efecto dominó en las grandes marcas

La crisis no perdona trayectoria ni renombre. Marcas icónicas como Fate (con casi mil despidos proyectados), Garbarino (cuya quiebra ya es oficial), y empresas del sector lácteo como SanCor y Verónica, enfrentan deudas impagables, plantas paralizadas y miles de puestos en riesgo. La industria de electrodomésticos, golpeada por la caída del consumo y la entrada de productos extranjeros, ve cómo firmas como Peabody y Aires del Sur entran en procesos judiciales para intentar sobrevivir.

En la calle, el sentimiento es de una precariedad que llegó para quedarse. Como relatan los propios trabajadores, la industria ya no es el lugar donde uno "entra y hace carrera", sino un terreno hostil donde la estabilidad se ha convertido en un lujo del pasado.