La localidad de El Aibe, en el departamento Banda, en Santiago del Estero, se encuentra conmocionada tras un episodio de violencia extrema que culminó con la muerte de María Amanda Chazarreta. El caso, que la justicia ha caratulado como femicidio seguido de suicidio, cuenta con un componente desgarrador: el hijo menor de la víctima presenció el ataque y fue quien dio la voz de alerta a su entorno familiar.
El relato que descubrió el horror
Según la reconstrucción efectuada por las autoridades policiales, el pequeño de seis años intentó buscar auxilio inmediatamente después de la agresión. Tras no obtener respuesta en viviendas linderas, logró contactar a otros parientes, a quienes les describió con crudeza la escena que acababa de presenciar en el dormitorio de su hogar.
El fiscal Álvaro Yagüe confirmó que, dada la relevancia de su testimonio, el menor será entrevistado mediante el protocolo de Cámara Gesell. El objetivo es preservar su integridad psíquica mientras se incorpora formalmente su relato al expediente, el cual detalla cómo su padre atacó a la mujer antes de abandonar la vivienda.
Un historial de violencia y un final anunciado
Las pericias forenses revelaron que la víctima intentó defenderse desesperadamente, presentando lesiones en los brazos además de las heridas mortales en el torso y la espalda.
El agresor, identificado como Ramón César Jiménez, era un conocido pastor evangélico de la zona que ya contaba con antecedentes por violencia de género.
Vecinos y allegados señalaron que la pareja convivía en un entorno de hostilidad constante y celos. Jiménez incluso habría pasado un tiempo detenido tras una denuncia previa de Chazarreta, aunque posteriormente habían retomado la cohabitación.
Tras cometer el crimen, el hombre huyó hacia una zona de monte cercana. Luego de un intenso operativo de búsqueda que involucró a efectivos y civiles, su cuerpo fue hallado sin vida, colgado de un árbol a escasos 400 metros de la escena del femicidio.
El futuro de los menores
La causa se centra ahora en la contención de los tres hijos de la mujer (dos de ellos en común con el agresor y una adolescente de una relación previa), quienes han quedado en una situación de extrema vulnerabilidad. Mientras se completan las pericias técnicas, el foco institucional se desplaza hacia la asistencia psicológica de los niños, quienes no solo perdieron a su madre, sino que fueron los primeros en enfrentarse a la brutalidad del hecho.
