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En una profunda reflexión sobre el clima de crispación que atraviesa el país, la licenciada Gisela Pedersen, presidenta del Colegio de Psicólogos de Salta, puso el foco en las consecuencias colaterales del discurso público agresivo. Según la especialista, la virulencia en la comunicación política no queda encerrada en los despachos o redes sociales, sino que actúa como un modelo de conducta que los adolescentes absorben y replican en sus propios entornos.


La erosión del respeto y el fenómeno de las amenazas escolares

En diálogo con medios locales (Aries), Pedersen analizó el trasfondo de los recientes incidentes y amenazas en establecimientos educativos. Para la profesional, estas manifestaciones no son hechos fortuitos, sino el síntoma de una sociedad donde la palabra "violencia" ha perdido sus fronteras regulatorias.

"La palabra violenta circula hoy sin límites ni orden, provocando un olvido sistemático del respeto por la alteridad", señaló Pedersen, vinculando directamente la falta de marcos de referencia éticos con la conducta errática de los menores.

Adolescentes en busca de espejos

La mirada de la especialista apunta a la vulnerabilidad de la etapa adolescente, donde la construcción de la identidad se basa en la observación del entorno. En este sentido, Pedersen advirtió sobre un fenómeno de mimetismo social:


·Falta de modelos positivos: Los jóvenes se encuentran desorientados al observar que las figuras de poder y relevancia social utilizan la agresión como herramienta de validación.

·Naturalización del conflicto: Al normalizarse la hostilidad en ámbitos institucionales y cotidianos, los adolescentes terminan asimilando estas respuestas como formas legítimas de interacción.

Un proceso de degradación sostenida

Lejos de adjudicar esta problemática a un evento puntual, la titular del Colegio de Psicólogos remarcó que se trata de una crisis gestada a lo largo de los años. La debilidad de los valores tradicionales y la caída de las referencias institucionales han dejado un vacío que hoy se llena con confrontación.

El llamado a la responsabilidad colectiva

Para Pedersen, la solución no es meramente técnica o pedagógica, sino que exige una respuesta integral. La profesional hizo hincapié en que tanto la familia como las instituciones y el arco político deben asumir el rol de educadores, entendiendo que cada gesto y discurso público "educa" o "deseduca".

La advertencia concluye con una premisa clara: para cambiar la realidad de las escuelas y la calle, es imperativo reconstruir el tejido del diálogo y restaurar la autoridad del respeto mutuo en todos los estratos de la sociedad.