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​Por: Redacción Periodística
​La noticia de San Pablo nos deja una imagen difícil de digerir: un anillo de compromiso guardado y dos ataúdes cerrados. Raphael Canuto Costa tenía planes de viaje para celebrar su futuro matrimonio, pero su vida fue segada por la persona que, semanas antes, le había jurado amor eterno.

​A menudo, la crónica policial utiliza términos como "tragedia pasional", pero es hora de llamar a las cosas por su nombre. Lo que ocurrió esa madrugada del 28 de diciembre no fue un exceso de amor, sino un ejercicio de posesión extrema. Los celos, alimentados por una cultura de control y la inmediatez de la comunicación digital, se están convirtiendo en el detonante de actos de una violencia irracional.

​El hecho de que Geovanna haya ignorado incluso la presencia de una tercera persona (Joyce, la amiga de la infancia) y de un peatón ajeno al conflicto, demuestra una deshumanización total del otro. El auto plateado no fue un medio de transporte, fue un misil dirigido por la inseguridad y el odio.

​Debemos reflexionar como sociedad: ¿En qué momento permitimos que el "miedo a perder al otro" valide el control total sobre su vida y sus amistades? Mientras sigamos romantizando o minimizando los "ataques de celos" como muestras de interés, seguiremos escribiendo crónicas sobre promesas de matrimonio que terminan en prisiones y cementerios.

Esta es una nota de Economía y Consumo, con un enfoque analítico y comparativo, ideal para lectores que están planificando sus vacaciones o interesados en el impacto del tipo de cambio en el bolsillo.