La muerte de Rodrigo Morinigo, un joven de 14 años, ha dejado al descubierto una alarmante crisis sanitaria en la provincia de Buenos Aires. El adolescente falleció el pasado 2 de enero en Pergamino, víctima de un cuadro de hantavirus que, según su familia, no fue detectado a tiempo por el sistema de salud de San Andrés de Giles. El caso se produce en medio de un brote regional que ya registra una letalidad récord en el país.
Un diagnóstico tardío y la denuncia familiar
La tragedia comenzó el pasado 25 de diciembre cuando Rodrigo manifestó los primeros síntomas de fiebre. David Morinigo, padre de la víctima, sostiene que la atención inicial en el hospital municipal fue negligente: asegura que el médico minimizó el cuadro como un simple proceso viral y envió al joven de regreso a su casa con una indicación de ibuprofeno, sin ordenar análisis de sangre ni placas.
Días después, ante la persistencia de una fiebre de 40°C y un estado de sed insaciable, Rodrigo fue reingresado. Su familia describe una serie de irregularidades dentro del nosocomio, incluyendo la falta de ventilación en las salas durante jornadas de calor extremo, lo que habría provocado el desmayo del joven antes de ser trasladado finalmente a la unidad de terapia intensiva.
Contexto epidemiológico: el país en alerta
El fallecimiento de Rodrigo no es un hecho aislado, sino que forma parte de una tendencia creciente. El último Boletín Epidemiológico Nacional revela que, entre julio de 2025 y la primera semana de 2026, la Argentina registró 58 contagios y 20 fallecimientos por hantavirosis.
La tasa de letalidad actual se sitúa en el 34,5%, la cifra más alta de los últimos años. Las autoridades sanitarias advierten que la región Centro —integrada por Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos— se encuentra en el umbral de un brote, con la mayor concentración de casos fatales.
Cruce de versiones y la vida después de la tragedia
Desde el municipio, la dirección de salud defendió el protocolo aplicado, argumentando que el hantavirus suele presentarse con síntomas "solapados" que no siempre son evidentes en las primeras 24 horas de fiebre. Sin embargo, para la familia Morinigo, estas explicaciones llegan tarde.
David Morinigo denuncia además una falta de asistencia posterior a la muerte de su hijo. Afirma que tuvo que abandonar su hogar en la zona rural y recurrir a la solidaridad de amigos para desinfectar su vivienda, ya que el Estado solo le proporcionó un instructivo impreso.
"Esto se tiene que saber para que no haya otro Rodrigo", repite su padre, mientras busca fuerzas para contener a sus otros cuatro hijos y exige justicia por lo que considera una cadena de decisiones médicas erróneas que le costaron la vida al adolescente.
