Manuel Belgrano murió el 20 de junio de 1820, afectado por graves problemas de salud y sumido en la pobreza, en la casa familiar ubicada en la actual Avenida Belgrano, a pocos metros del Convento de Santo Domingo. Como símbolo de su difícil situación económica, legó a su médico, el escocés Joseph Redhead, el único bien valioso que poseía: un reloj de oro obsequiado por el rey Jorge III de Inglaterra.

Su entierro fue sencillo y contó con la presencia de pocos familiares y allegados. Como no tenía dinero, la lápida original incluso fue del mármol arrancado de una cómoda de la casa familiar. Durante años, el héroe de la independencia recibió escasos homenajes oficiales.

Recién hacia fines del siglo XIX comenzó a impulsarse un reconocimiento más acorde a la importancia histórica del creador de la bandera. Durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca se decidió construir un mausoleo que albergara definitivamente los restos del prócer.

La obra fue encargada al escultor italiano Ettore Ximenes y financiada mediante una suscripción pública. Antes de inaugurar el monumento era necesario exhumar los restos sepultados en el Convento de Santo Domingo.
La excavación no resultó sencilla. Con el paso de más de ocho décadas, la humedad había destruido el modesto ataúd de madera donde había sido enterrado Belgrano.
Los especialistas encontraron fragmentos óseos, clavos y varias piezas dentarias que sobrevivieron al deterioro del tiempo. Todos los restos fueron colocados cuidadosamente sobre una bandeja de plata sostenida por el padre Modesto Becco, prior del Convento de Santo Domingo.

Sin embargo, cuando la ceremonia concluyó, algunos periodistas advirtieron una situación tan inesperada como indignante: dos de los dientes del prócer habían desaparecido.
La sorpresa fue mayor cuando se confirmó que los dientes no habían sido robados por desconocidos, sino por los propios funcionarios presentes en el acto.

Según denunciaron diversos medios de la época, entre ellos el diario La Prensa y la revista Caras y Caretas, Joaquín V. González y Pablo Riccheri se habían llevado una pieza dental cada uno.
El papel de los medios fue determinante para revertir la situación. El diario La Prensa publicó una dura editorial en la que cuestionó la conducta de los funcionarios y reclamó la inmediata restitución de las piezas dentales.

El periódico sostuvo que aquellos restos no pertenecían al Gobierno ni a ningún funcionario en particular, sino a todo el pueblo argentino. La frase más recordada del artículo exigía: “Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la Nación”.

La revista Caras y Caretas llevó la crítica al terreno de la sátira. En una célebre caricatura titulada “Los ministros odontólogos”, mostraba a Belgrano emergiendo de su tumba para increpar a los funcionarios con una frase que quedó para la historia: “¡Hasta los dientes me llevan! ¿No tendrán bastante con los propios para comer del presupuesto?”.

La repercusión pública fue tan fuerte que los ministros no tuvieron alternativa. Ambos devolvieron rápidamente los dientes al padre Modesto Becco, quien agradeció la intervención de la prensa por haber denunciado la irregularidad.

Los restos fueron preservados y finalmente depositados en el nuevo mausoleo inaugurado el 20 de junio de 1903 en el Convento de Santo Domingo, donde permanecen hasta la actualidad.