Por: Concejal Omar César Pérez
El reciente cambio procesal civil en la provincia de Neuquén abre un debate profundo sobre la universalidad de sus métodos. Si bien la oralidad y la despapelización son banderas atendibles, la inclusión del fuero de Familia bajo una matriz netamente adversarial enciende alarmas justificadas.
El derecho de familia posee una naturaleza protectora, sensible y humana que choca de frente con la rigidez de un sistema diseñado para disputas patrimoniales.
Un proceso adversarial puro concibe el litigio como una contienda entre dos partes en igualdad de condiciones, donde el juez actúa como un árbitro neutral que decide según lo que los abogados prueban y alegan. En las crisis familiares, esta premisa es falible y peligrosa.
No estamos ante el incumplimiento de un contrato comercial o un choque de vehículos; estamos ante dinámicas donde existen asimetrías de poder crónicas, vulnerabilidad de niños, niñas y adolescentes, y violencia intrafamiliar. El fuero de familia exige procesos con un fuerte componente colaborativo, donde el juez mantenga un rol activo y tuitivo (de protección), y donde los equipos interdisciplinarios sanen los vínculos en lugar de profundizar las distancias.
Forzar estos conflictos a entrar en la lógica de "ganadores y perdedores" propia del sistema adversarial corre el riesgo de revictimizar a los más débiles y judicializar aún más las relaciones humanas.
Neuquén enfrenta el enorme desafío de demostrar que este ropaje procesal no terminará asfixiando la sensibilidad que el derecho de familia construyó durante décadas.
