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La historia de Ana Teresa Diego entrelaza la militancia política, la pasión científica y la memoria histórica.

A los 21 años, mientras cursaba el tercer año de la carrera de Astronomía en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), fue secuestrada por una patota en las inmediaciones del Observatorio el 30 de septiembre de 1976. Su paso por los centros clandestinos de detención del Circuito Camps dejó marcas indelebles, como el testimonio de su compañera de cautiverio Emilce Moler, a quien le calculaba la hora exacta mediante fórmulas trigonométricas a partir de la proyección de la luz solar en las paredes del Pozo de Quilmes.

Durante más de 35 años, Ana permaneció desaparecida, hasta que en abril de 2012 sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en una fosa común del Cementerio de Avellaneda. Sin embargo, meses antes de aquel hallazgo, en diciembre de 2011, la Unión Astronómica Internacional (UAI) oficializó el bautismo del asteroide 11441 —descubierto en 1975 en San Juan— con el nombre de "Anadiego". Impulsado por las autoridades de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas, el homenaje convirtió a Ana en la primera persona desaparecida por el terrorismo de Estado en dar su nombre a un cuerpo celeste en el cosmos.

El legado de Ana Teresa Diego forma parte de un proceso continuo de reconstrucción de la memoria en el ámbito universitario y científico. Junto con ella, las estudiantes María del Carmen Cañas y Ana María del Carmen Pérez completan la nómina de alumnas de Astronomía víctimas de la dictadura militar. La denominación del asteroide entre Marte y Júpiter no solo simboliza la permanencia de su recuerdo en la comunidad científica internacional, sino que inspiró producciones documentales, obras literarias infantiles e investigaciones biográficas dedicadas a preservar su compromiso social y vocación astronómica.